El clan

La despampanante rubia totalmente empastillada —o enamorada—, tomó uno de los chocolates y en su último suspiro dijo: «John, por qué».

Alica Álvarez ©

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Published in: on 7 junio 2010 at 10:53 pm  Comments (2)  

Ánimas que no amanezca

Llevaba más de 15 minutos mirando la flama de la veladora, como queriendo moverla con el mismo vaivén y al compás sus pensamientos. No era psíquico, no era vidente pero quería algo mágico; ver en la llama, saber si las ánimas le contestaban con un movimiento diferente —o indiferente— o con alguna elevación.

El grito de una mujer lo distrajo. Su vecina de abajo… Cada  vez que metía un tipo nuevo a su casa y seguro se lo tiraba , gemía y gritaba como gata en celo y  él pintaba, sumando, una rayita más en su lista de orgasmos —fingidos o no, a quién le importa—, pero  a él le gustaba rayar ese muro al que llamaba “los lamentos placenteros de Tula”.

Se tiró a la cama imaginando la escena: ella, desnuda encima de un tipo gordo y asqueroso y gritando…

El hablaba en voz alta «esa Tula, como le gusta el escándalo».

Los vecinos se quejaban pero a él, sinceramente, le parecía un ritual, el pan nuestro —suyo, de ellos—de cada día. Además, el muro se veía hasta bonito con las rayitas de colores: dependiendo de la intensidad del grito variaba el color. Parecía un cuadro abstracto o cualquier dibujo pintarrajeado por un niño; o sea, un cuadro abstracto,  inútil como el de un preso que descuenta los días para su abstracta, estúpida e inútil libertad.

El pabilo de la veladora se consumía como la esperanza de tener una señal. Encendía una tras otra para que no le faltara luz en el supuesto camino  que une a los vivos y los muertos a través, gracias, mediante a esa luz al final del túnel. Mamá murió ayer ( si, murió la gaviota) y a lo mejor todo esto no son más que mitos; pero, mamá murió ayer.

No le parecía ningún sacrilegio escuchar a Tula mientras pensaba en su santa madre, eran mujeres al fin, ¿no?

Tula gemía, fingía o disfrutaba, mientras él se terminaba el último cigarrillo de marihuana que pudo conseguir con el dinero que le dejó su penúltimo sueldo del bar de la esquina, donde nadie le dibujó un corazón en la espalda.

Ya no le hacía el mismo efecto, sólo se relajaba.  Aburrido de Tula, puso un CD de Sabina: «Hotel dulce Hotel, hogar, triste hogar». Era su preferido. Recordaba perfecto la vez que llevo a su amante a la playa, siguió las instrucciones de la canción, le regalo un liguero y no le quedó. Ella tenía las  piernas tan largas y tan llenas que se limitaron a su desnudez.  Se sentaron en la terraza: Sabina de fondo y el mar en primer plano, fumando hash, tocándose las manos, jugando a sentirse con los ojos cerrados, aprendiendo a dejarse llevar por sensación de la droga o de la noche.

Pero el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos y Tula se quedó callada y el CD se repetía.

En la mañana, mientras Tula apagaba el furor nocturno mordiendo un chile habanero para acompañar su desayuno en el bar de la esquina, los parroquianos comentaban la suerte su vecino: «dicen que murió quemado, pero yo creo que la casa se le cogió candela de tanta esperanza».

Alicia Álvarez ©

Published in: on 7 junio 2010 at 10:44 pm  Dejar un comentario  

Sin Rosario, sin pena, ni Gloria

«¿Hará frio  más tarde?», le pregunté a Gloria cuando salía de mi recámara. Escogí un abrigo de ante y peluche en las solapas y le volví a preguntar: «¿No es too much que me ponga esto?». «Cómo crees», me dijo. Me sentía sobrevestida.

Salimos de la casa y tomamos un taxi. Llevaba más dinero del normal porque tenía que ver a unos judiciales y darles una lana para que me arreglaran un asuntito pendiente. Nos metimos a Liverpool, compramos unos chocolates y metimos en una  bolsa de esas grandes de la  tienda la comida que nos sobró de los Bisquets de Obregón..

Me sentía rara. Salimos a la calle. Pleno insurgentes. Hicimos la parada. Un carro derrapó ante nosotras rechinando llantas. Siempre me fijo si los taxistas traen un rosario colgado en el espejo: este no lo tenía. «Nos espera un aventurón», le dije a Gloria cuando nos subimos.

El chofer (jamás olvidaré su cara) nos dijo que mejor se iba por el eje 5 porque el tráfico estaba bien grueso. Estábamos mandando mensajes por el cel y ni cuenta nos dimos que se había metido por una calle medio desierta. Un frenazo brusco, se echa en reversa y se suben dos chavos, uno adelante, otro atrás, con nosotras: «Cierren los ojos, hijas de la chingada, o las matamos o las violamos o…. Vacíen las pinches bolsas»

Nos quitaron todo lo que llevábamos encima. Salvé el reloj porque tenía la mano entre mi cadera y la de mi amiga. Sacaron las tarjetas de débito, me pidieron las claves y otra vez la amenaza de matarnos o violarnos o…Mi amiga chillando como un niño el primer día en el kinder. Teníamos como media hora de cajero en cajero. Nos preguntaron que si éramos extranjeras (¿por el abrigo?). Yo estaba tranquila: así  reacciono en las situaciones límites. Abrí un momento los ojos y me dieron un manotazo en la cara. Pensé en mi nariz operada y volví a cerrar los ojos. Gloria les dijo que no me pegaran, que estaba enferma (siempre le dice eso a la  gente de mí). Me preguntaron el nombre de mi enfermedad: «Síncope Neurocardiogénico».  Creo que les pareció peligroso porque nos dijeron que ya nos iban a dejar ir. Nos invitaron amablemente a bajar, con los ojos cerrados y, al  final, me quitaron el abrigo. Yo sigo pensando que fue el culpable, o los pelos de la solapa o…. Hasta el rosario me quitaron.

Antes de cerrar la puerta, Gloria me mira y le digo que sí sin abrir la boca. Sacamos nuestras armas y acabamos con los  tipos….

—¿Y el abrigo? ¿Te lo vas a dejar? dijo ella.

—Ahí te lo encargo, no pensaba usarlo en tu funeral…( jamás le perdonaré lo del too much)

Nunca he sabido quitar las manchas de sangre en el ante y a ella siempre le gustó.

San Jerónimo, México, D.F.  mayo 2008.

Alicia Álvarez ©

Published in: on 7 junio 2010 at 10:34 pm  Comentarios desactivados en Sin Rosario, sin pena, ni Gloria